Ciclo Carmilla. Parte 1 de 2 o 3, todavía no lo tengo claro

Me gustan las versiones, los remakes, las nuevas adaptaciones de un mismo texto, las copias no confesadas y las mismas historias explicadas por otras manos. Por principios no estoy en contra de ningún remake por muy pretendidamente sagrado que sea el original (¿y qué es ser original?) porque El halcón maltés, la Scarface de de Palma o Los siete magníficos son remakes, por poner alguno de los ejemplos más comunes. 

¿Por qué aceptamos estas nuevas versiones en otros campos artísticos y nos cuesta tantísimo aceptarlas en el cine? ¿Tiene menos valor el San Sebastián de Tintoretto porque se hayan pintado miles antes de él o catalogaríamos al pintor como "falto de ideas" o "poco original"? ¿Los Requiems de Mozart, Schumann, Verdi o Penderecki son "otra vez lo mismo" porque, total, Johannes Ockeghem ya utilizó esa letra en el siglo XV?

Vamos, que sí, que siempre y a favor.
Y estos días he estado viendo un montón de películas basadas siempre en una misma historia, la Carmilla de Sheridan Le Fanu.


Para quien no lo conozca (y si no lo conocéis ir a haceros con uno de los muchos ejemplares que hay en las librerías, pardiez) es uno de los más fuertes pilares donde se asienta la literatura vampírica y el creador fundamental de la imagen de la mujer vampiro. Todo lo que hemos visto después, la belleza, soledad, depravación, lujuria, connotaciones lésbicas que se asocian a las vampiresas ya están en el precioso texto de Le Fanu; no un gran esteta, pero un estupendo creador de ambientes y caracteres.

¿De qué va? Un noble acepta hacerse cargo de una muchacha hermosa, simpática y algo rara que se hará muy amiga de su hija. Con el paso de los días no solo se suceden misteriosas muertes de muchachas en el pueblo cercano, si no que la hija del noble parece afectada por una extraña enfermedad que la debilita cada vez más. Y ya podéis imaginar por dónde va la historia. 

La novela de Le Fanu es atmosférica, malsana, algo ampulosa y fundacional en tantísima cosas que hemos visto en literatura y cine. Aborda de una forma preciosa la ambivalencia del personaje de Carmilla; un monstruo, pero a la vez alguien patético que ansía compañía.

Y, ahora, las películas. Vamos a las adaptaciones del texto. Me he centrado exclusivamente en aquellas que de una forma explícita se centran en la novela de Le Fanu. Si nos ponemos brutos, cualquier novela con una vampiresa es una versión de este texto, pero para acotar me quedo con aquellas que en los títulos de crédito aparece el nombre del autor.

La primera en 1932 de la mano de Dreyer y con el título de Vampyr.


La historia de esta película es preciosa. El que sería su protagonista, Julian West, era un noble, imagino que aburrido, que conoció a Dreyer en una fiesta y le propuso propuso producir una película con una condición. El director podría hacer lo que quisiera y con total libertad, pero él tendría que ser el protagonista. Y Dreyer, por suerte, aceptó. E hizo lo que quiso y surgió Vampyr; una adaptación muy libre del texto de Le Fanu donde se recogen algunas ideas y ambientes, pero se obvia prácticamente todo.

La película es la historia de un tipo que llega a una pensión tras un largo paseo y se va a dormir. A partir de ahí la película se destruye y reconstruye en un viaje duro y profundo al subconsciente, al miedo y a las pesadillas donde protagonista y espectador no saben nunca cuando es sueño, vigilia o despertar.


Dreyer destruye la narrativa convencional. Toma recursos del cine mudo, de las vanguardias surrealistas y del expresionismo para construir un relato sobre el miedo y el reino onírico. El espectador no puede, ni debe, ver esta película buscando un relato clásico se sentirá frustrado porque no es lo que ella ofrece. Aquí es sugerencia, sugestión, imagen, atmósfera y esplendor visual. La película se debe ver como un poema o una sinfonía.


El tiempo aparece distorsionado. Las imágenes no tienen una consecuencia lógica. Es áspera y exigente y el vampiro acaba siendo un símbolo del inconsciente y de un mal que se presiente durante toda la película, pero no se deja ver. Para mí es una espectáculo fascinante.

Y un salto hasta 1960. Et mourir de plaisir de Roger Vadim.


Es la segunda película de Roger Vadim que veo en unas pocas semanas y empiezo a preguntarme si no será un director que necesita una reivindicación. 

Et mourir de plaisir es una película preciosa; un deleite visual donde bajaría la voz de la pantalla y me quedaría encantado con el desfile de imágenes. Un uso preciso del color y, sobre todo, del scope por medio de unos planos amplios donde los personajes pasean y se pierden entre la naturaleza, las ruinas o en una habitación. Escenas como Carmilla ante el espejo, su paseo por los jardines o el sueño final despliegan una maravillosa imagineria visual y plástica.


La película recoge algunos de los detalles de la novela de Le Fanu y más que una adaptación es una traslación de su imaginario al mundo moderno. La maldición de la familia Karstein forma parte de la leyenda familiar y del entorno del paisaje (esas ruinas); se dice que fueron vampiros y su historia familiar es leyenda en el pueblo. Carmilla se sentirá atraída por esas ruinas y... 

Et mourir de plaisir entra en el terreno de la ensoñación y la ambigüedad. El personaje de Carmilla puede ser y no ser un vampiro así como en todas las leyendas tienen algo de historia. Un triángulo amoroso que en principio parece definido entre Carmilla (bellísima Anette Stroyberg) enamorada de su primo Leopoldo (Mel Ferrer haciendo unos bolos por Europa para seguir trabajando) y éste prometido a Georgia (bellísima Elsa Martinelli) se confunde y borra sus fronteras en la preciosa escena del invernadero.


Toda la película se mueve en la ensoñación de lo que parece ser, lo que los personajes creen y lo que el espectador imagina y quiere. Al final cada uno construye su historia. Es sensual, atmosférica, un punto perversa y con bastante ironía.

La tristeza que me produce la Carmilla de la novela encuentra un eco en esos paseos solitarios de la Carmilla de Roger Vadim; esa búsqueda de sentido cuando lo que lo daba desaparece.




Diez años después, la primera Carmilla (o Mircalla o Marcilla) decimonónica, The vampire Lovers de Roy Ward Baker.



A principios de la década de los setenta la productora de cine inglesa Hammer no pasaba un buen momento; su apuesta por el terror gótico y la renovación de los monstruos de la Universal que tan buenos réditos económicos y artísticos le dieron en las décadas pasadas se estaba agotando. Otro tipo de terror empezaba a surgir y que venía a cubrir las ansías de nuevas experiencias de los espectadores. 

En Estados Unidos, George Romero acababa de demostrar que otro camino en el horror era posible y en la misma Inglaterra el jovenzuelo de Michael Reeves había mostrado a la Hammer que un horror urbano y moderno era posible (la fantástica Los brujos) y que en su propio terreno, el horror histórico, otras formas eran posible más allá de lo gótico con Witchfinder General. La prematura muerte de Michael Reeves es una de las grandes perdidas del fantástico.

Ante esto la Hammer reaccionó. No sé si fue de la forma más inteligente porque siguieron empecinados en lo gótico y los monstruos de siempre, pero sí de una de las más divertidas. Se resume en dos palabras.

Sangre y tetas.

The vampire lovers es una adaptación bastante fiel del material de Le Fanu potenciando los elementos más básicos; la violencia y, sobre todo, el sexo. No se escatiman decapitaciones, sangre, gritos, colmillos y sí, tetas.



Ingrid Pitt interpreta a Carmilla y la película apuesta claramente por un personaje abiertamente lésbico que pone sobre la mesa todo aquello que se insinuaba en la novela original. Carmilla enamorada de Emma (Madeleine Smith) y viendo en ella a una posible compañera para aliviar su soledad. Pese a todo el despliegue de desnudos y escenas eróticas, creo que la interpretación de Ingrid Pitt (y esa voz grave de cama por hacer) acaba ganando la partida y elevando lo que era un desesperado grito comercial en algo valioso; el patetismo de un personaje condenado a la soledad y el hambre, la búsqueda de compañía y esa mirada final que lanza a Emma y que ante los ojos del espectador la redime. 



A ver que no es un personaje bueno; es malvada, manipuladora, cruel y con tendencia a convertir a todas las muchachas hermosas a su alrededor o en aperitivos, o en esclavas, pero quizá sea su búsqueda de placer y libertad lo que la hace peligrosa. Podríamos hablar mucho de esa cuadrilla de hombres maduros armados con enormes y largas estacas persiguiendo a una mujer que se dedica a dar placer a sus hijas y a descubrirles que otra vida es posible.


Las escenas de seducción son sexis, atmosféricas, eróticas. 
Las escenas donde ellos aparecen son oscuras, crueles, violentas.
Ya sé que esto son imaginaciones mías, pero me gusta ver a Ingrid Pitt como un peligro hacia el aburrido régimen patriarcal de esos tipos.


La película es bonita y divertida. Un producto típico de la Hammer con su correcta ambientación, su precioso color, actrices preciosas, Peter Cushing y el sabor caduco de un tipo de horror que se moría, pero que muchos queremos.

Continuará próximamente con más Carmillas.

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